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Recuerdos de Gor (I)


La Seda Negra

...Ese Maestro que aún eres en mi interior creyó encontrar el Paraíso, y no me dejó demostrarle, que esto, realmente era Nuestro Paraíso. Esta tonta le quiso demostrar a su Señor que había más vida después de un pasado tormentoso, pues creía, desde el dolor que ella misma había pasado, que éramos dos almas destinadas a encontrarnos; y de golpe, un día, por culpa que ni ella mismo presentía, se vio abocada a aquel Mundo que El le había descrito una vez, donde las mujeres no eran más que objetos hechos para el placer de cualquiera que pasara por allí.

Desde ese día vaga perdida, esperando que El vuelva, pero con la convicción que eso no será así, y sus lágrimas son hiel.

Esta kajira desearía poseer magia, y volver ahora atrás en el tiempo, pero no posee ese don. Ya no puede bailar para Su Señor, ni tener todo a punto para cuando regresase de la batalla. ¿De qué sirve Señor una esclava sin su Dueño?.

De nada, pues una parte de ella, su alma, sigue encadenada a El, pues El fue todo para ella.

Esperaba sentadita, todo a punto a que su Amo llegara y le hiciera una caricia, con ello ya se sentía la más feliz de las kajiras. Pensaba en El a todas horas, besaba y aún besa, el anillo que lleva en la mano, y que tanto le recuerda a El, y así es y aun cerrando los ojos su imagen no se desdibuja.

Y ahora vaga, vaga cual alma en pena, pensando que aún hay tiempo, que aún queda tiempo para ese maestro y su Esclava; y busca las lunas en el cielo que la guíen, pero no las encuentra, y el deseo pasa a a ser cruda noche, y los árboles la única cuna que la protege de los Señores del camino y de las alimañas del bosque. Se acurruca en el suelo e intenta dormir, se toca el cuello, no lleva el collar, no es una pesadilla lo que esta viviendo, es la cruda realidad.

Un escalofrío recorre su piel, se aovilla y se duerme pensando en El, y esperando despertar de ese terror en el que esta sumida..”

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.- Desvaríos de kajira,-dice el Mercader mientras el viejo guerrero lee las líneas casi borradas del pergamino-, el anillo por 5 cobres. Lo encontramos en los bosques cercanos a Ar, en un hato de viejas sedas negras..

El Casta Roja paga el precio, aprieta en su mano el anillo de ópalo, intenta dejar de escuchar en su interior las palabras de aquella que fue su Única, su Amor, y una lagrima recorre las cicatrices de su rostro, cayendo en la arena, fundiéndose en el Tassa.

Gor no es Justo. Gor es Gor.

Al romper el alba

Mi señor me tiene encomendado despertarle al despuntar el día.
Desde que Marlenus, el Ubar de Ar, me puso bajo su protección, yo paso las noches en sus aposentos, en unas pieles en la antesala de su dormitorio. Sólo en una ocasión, al poco de mi llegada, mi señor me permitió dormir con él… Fue una sola vez, pero suficiente como para que yo añore su calor cada noche al tumbarme cansada en mis frías pieles.

Hoy, cuando el primer rayo de sol ha entrado por la ventana de mi pequeña estancia, me he levantado y me he peinado recogiéndome el pelo hacia atrás. A mi señor le gusta verme la cara, y no soporta que mi cabello me la tape. Enseguida me he dirigido hacia su dormitorio. Al abrir la puerta, he notado su olor, ya familiar para mí. No penséis que se trata de uno de esos olores que desprenden los bárbaros que sólo se bañan cuando encuentran un río. No. Es un olor viril, pero suave. Ya me encargo yo de bañarle cuando llega al anochecer, cansado y deseoso de silencio y tranquilidad.

Al acercarme a él, he oído su respiración pausada, cuyo ritmo conozco tan bien desde que pasé aquella noche a su lado. En aquella ocasión, hice verdaderos esfuerzos para no dormirme, pues el sueño hace que la noche se convierta en día y que lo acontecido entre una y otra se reduzca a un segundo fugaz.

Mientras mis ojos se acostumbraban a la oscuridad, me he sentado en su cama. Sé que tengo que ser delicada en el momento de sacarle del sueño, y no dar por supuesto que él desea un despertar amoroso. Recuerdo un día, poco después de aquella noche que os comentaba, en que se me ocurrió meterme en su cama al amanecer, y despertarle con caricias y arrumacos. Aquel día me quedó claro para siempre que ese tipo de iniciativas no son de su agrado y que debo esperar a ser requerida por él.

¬– Buenos días, mi señor… Está amaneciendo, el sol asoma ya por detrás de las montañas… –. Mientras susurraba esas palabras he dudado de si sacudirle ligeramente, o esperar a que dijera algo. Cuando pronuncia las primeras frases del día, ya puedo intuir si ha descansado bien y está de humor o, por el contrario, pesa sobre él alguna preocupación y no desea que le importunen con nada.

– Brigitte, buenos días. He pasado calor esta noche. Por favor, cuídate de ponerme una ropa más ligera en la cama. ¿Cómo no estás pendiente de esas cosas? ¿Tengo que estarte persiguiendo siempre para que cumplas con tus obligaciones?

– Oh, señor, lo lamento. Hoy mismo buscaré un cubrecama que abrigue menos –.

Me he levantado y he ido a descorrer los pesados visillos. No he podido evitar que mis ojos se humedecieran. Espero que no sepáis lo que es amar a alguien, dar por él todo lo que eres, lo mejor de ti y, a pesar de eso, saber que nunca vas a ser de su completo agrado.

Pero yo soy fuerte. Ya en la Tierra tuve que pasar numerosas desventuras, así que he aprendido a valorar lo positivo que hay a mi alrededor, y a no hacer catástrofes de las pequeñas molestias. Al fin y al cabo, puedo estar contenta de tener una casa en la que albergarme y unas pieles con las que abrigarme en las noches de Ar. Otras kajiras mejores que yo duermen en la paja de los establos y se cubren con los sacos vacíos que abandonan allí sus señores.

No me he presentado… Disculpad mi descuido. Soy Brigitte, kajira de Ar, bárbara puesta al servicio de mi amado señor, miembro de la Casta azul de los Magistrados y del Consejo de la ciudad. Como habréis notado, todavía estoy aprendiendo lo que toda buena kajira debe saber, así que tened un poco de paciencia conmigo.
Si tenéis interés por conocer mi historia, os la iré contando en los escasos ratos en que mis obligaciones para con mi señor me lo permitan.

Os saludo y os invito a visitar los salones de la Gloriosa Ar. Allí me encontraréis casi cada noche, cansada por los trabajos del día, pero siempre feliz de acogeros y daros la bienvenida a la más célebre ciudad de Gor.
Autora brigitte.

Noche en los baños de Ar

Era mágico envolverte en ese ambiente repleto de guapas kajiras venidas de todos los rincones de Gor, esclavas con la piel morena como el Ebano, blancas de pieles lechosas y pezones rubios transparentados bajo sus sedas. Pelirrojas, morenas agitanadas, y rubias como el oro, de ojos azules rajados y bocas rojiza entreabiertas como las granadas cuando la primavera las besa. Estaban todas arrodilladas en los cojines y en las pieles comunes con sus miradas sumisas, movían sus frágiles y sensuales cuerpos saludando con sonrisas y gestos de respeto a los Amos que iban llegando a ocupar sus sillones.


En esta ocasión llegue a los salones acompañado por mi kajirus un mulato joven que compre siendo niño, y que últimamente le hacia que me acompañara a todos lados para no volver solo con tanto ka la na en las venas. Mi esclavo se sentaba sobre sus talones con los pies cruzados al igual que sus manos, su espalda recta haciendo un ángulo de noventa grados entre su fuerte cuello y su fémur. Aunque se acercaron algunas esclavas a preguntar si deseaba beber algo, no quise pedir nada, pues esperaba al representante del gran Ubar, me había enviado una razón para que estuviese en los salones esperándole. No se hizo mucho esperar, llego acompañado de dos jóvenes esclavas con una belleza fuera de lo común, hasta un rumor se levantó entre las kajiras maravilladas por la hermosura y perfección de sus rasgos.

Entró a los salones bajo su capa cubierta por una piel de Larl blanca como la nieve, hizo a las kajiras que le acompañaban que me presentaran sus respetos, y arrodillándose a mis pies lo hicieron besando mis sandalias. El representante del Ubar hizo que el silencio se apoderara del salón dando unos golpes con su bastón en las tablas y anuncio cambios en la política y en el gobierno de Ar, iba a formar consejo, dentro de la ciudad-estado. El Administrador nombrado por el Ubar había reunido a ciudadanos Libres de todas las castas esa noche para nombrar un consejo que determinase las decisiones en tiempo de paz.

Después de ser comunicado de forma oficial cada rango y de recibir yo mis nuevas responsabilidades de las que solo tenia mucha ilusión y fe y poca experiencia le comuniqué que era un gran honor poder llevarlas con justicia y honradez a cabo. A partir de ahora tendría de llevar una carga y una gran responsabilidad. Todo estaba decidido y todo fue adjudicado según el gran Ubar de Ubares, y asimismo quedó escrito y sentenciado.

Observe a mi esclavo kronny como se posicionaba en postura de alerta y justo en ese momento en que lo miraba pensando que era de la emoción por ver a su Amo nombrado en el consejo, sentí que el brazo de mi amigo bajo la piel de Larl se apoyaba en mis hombros susurrándome al oído… amigo vamos a celebrarlo en los baños de Ar con las nuevas esclavas. Los cinco partimos bajo la luz de las lunas abandonando los perfumados e iluminados salones, los dos libres las dos esclavas y mi kronny, en menos de una ahn goreana (una hora) habíamos llegado a los baños, a mi esclavo le ordené que permaneciera en la puerta presto a lo que aconteciera en la noche, las bellas esclavas quitaron nuestras capas y nuestras túnicas, se desnudaron de sus camisk rojo pasión y desabrocharon nuestras botas quedando expuestas en nadú cercana a la gran poza. La noche se llenó de risas, orgasmos y baños de aceites, sales y perfumes que salían por los respiraderos de los baños cuando el sol apuntaba en el horizonte.

Mi llegada a Ar

Aquella mañana mientras disfrutaba de la compañía de nyala en la tranquilidad de los salones, la joven aura decidió contarle la historia de cómo llego a la gran ciudad de Ar.
Hacia muchas lunas, tantas que ya no sabía cuántas, había llegado a la contratierra, desprovista de toda su ropa y obligada a olvidarse de su planeta la joven se encontró atada a una cadena junto con otras esclavas en una caravana.
Allí, sin entender el habla, sin saber cuál era su destino la joven lloro y gasto todas sus lágrimas mientras observaba la belleza de las 3 lunas de aquel lugar desconocido. Durante el tiempo que duro el viaje fue haciéndose a la idea de que jamás lograría escapar de allí, y poco a poco aprendió a ir reconociendo palabras, gestos y aprendió a mantener la boca cerrada para no ganarse las azotainas que se ganaban las que más se resistían, el día que vio como empalaban a una de sus compañeras decidió callar a menos que le dirigieran la palabra.
Contemplaba horrorizada la barbarie de aquel mundo, pero al llegar por primera vez a una ciudad, quedo completamente cautivada por la belleza de las construciones y el color de los puentes, la gente parecía alegre, y esa alegría era contagiosa hasta el punto de que la muchacha sonrió por primera vez desde que había pisado la contratierra.

Finalmente acabo siendo vendida como esclava para los salones del Ubar, el primer dia recogió su pelo en una trenza y coloco el cascabel que había podido conservar como único recuerdo de su pasado, entro a los salones donde conoció a una bella kajira que haciéndose cargo de ella le enseño los rituales que debía de conocer, y desde las pieles observo el ir y venir de Amos y kajiras intentando pasar desapercibida.

A lo largo de su estancia consiguió sin embargo, bailando, gano la protección de uno de los Amos llegando a portar el collar de propiedad de el y ser tratada como a una goreana mas. Las espirales pintadas cubrían su cuerpo, y la joven kajira no dejaba ni un solo día de bailar siendo el deleite de todos y el orgullo de su Dueño. Pero tras varias lunas…en un viaje la kajira fue secuestrada.
Durante el tiempo que permaneció perdida, aprendió muchas mas cosas y ahora, tras los largos viajes por la contratierra la kajira de nuevo había regresado a los salones del Ubar, de la gran ciudad de Ar.

Me quede calladita… había guardado muchos detalles a la joven kajira que me acompañaba, pero la historia en general…había quedado lo suficientemente completa como para saciar la curiosidad de ella. Le saco la lengua y se perdió en sus pensamientos mirando por la ventana.

Camino a la esclavitud (I)

Camino a la esclavitud (I)

Recuerdo el día en que mi amado señor me compró. Yo llevaba tres largos días de caminata por el desierto desde Puerto Kar, acompañada de otras cinco esclavas. Íbamos encadenadas en fila india, precedidas por Naujh, mercenario al servicio de Torvald. Éste era un modesto traficante de esclavas, de pieles y de cualquier cosa que pudiera reportarle beneficios.
Torvald no tenía ninguna clase de escrúpulos con nosotras. Pasamos aquellos tres días casi sin comer, tomando sólo algunos mendrugos de pan con algo de carne seca, y agua arenosa de la cantimplora de Naujh. Cuando el mercader se lo ordenaba, Naujh se acercaba complacido a nosotras y nos daba él mismo de beber, pues nuestras manos estaban atadas a la espalda. En una ocasión en que Torvald se ausentó un momento, Naujh me cogió por el pelo, tiró de él hacia atrás, puso su lengua sobre mi cuello y me lamió ascendiendo hasta mi boca. Cerré los ojos y sentí náuseas al notar cómo introducía su lengua hasta mi garganta, mientras arrimaba su cuerpo al mío y se frotaba sin importarle la cara de estupor de Na’ilah, la esclava que me seguía. La mirada amenazadora con que nos obsequió al notar que Torvald regresaba, bastó para que ninguna de nosotras osara decir nada en todo el día.
Después del agotador viaje llegamos a Ar con la ropa sucia y la piel y el cabello ásperos y polvorientos. Tordval, consciente de que no atraeríamos a ningún comprador con semejante aspecto, nos llevó a los baños públicos. Allí le dio dos tarskos de plata a una vieja ama arrugada, para que nos bañara, adecentara y vistiera. La vieja se alegró al ver las dos monedas en sus manos y, mostrando una sonrisa malévola y desdentada, le dijo a Tordval: “Déjelas un par de horas en mis manos, señor, y recuperará con creces su dinero”.
Lo primero que hizo fue quitarnos las raídas vestiduras que nos cubrían. Nos alineó y nos miró de arriba abajo sin pudor, recordando tal vez los tiempos en que su cuerpo era joven y firme. “Voy a tener mucho trabajo, zorritas, pero nadie os reconocerá cuando salgáis de aquí”. Nos hizo meternos en los baños y allí nos enjabonó ella misma con una esponja áspera. Si alguna se quejaba de que la rascaba demasiado, frotaba más fuerte, hasta que la piel enrojecía, y se reía a carcajadas. Después de lavarnos el cabello, todavía mojadas, nos rasuró el vello púbico. Nos miramos unas a otras avergonzadas de nuestra, ahora sí, completa desnudez. Después nos peinó, nos hidrató la piel con aceites de esencias y nos maquilló. A Na'ilah y a mí nos puso pendientes largos y collares de bisutería. Después nos vistió a todas con sencillas túnicas de color azul, ceñidas a la cintura con un cordón.
Acto seguido nos miró con aprobación y mandó a un esclavo a buscar a Torvald. Éste vino de inmediato acompañado de Naujh, y nos miró, sorprendido al ver la belleza que se ocultaba bajo nuestro lastimoso aspecto de los días anteriores. “Buen trabajo, anciana. No será la última vez que requiera tus servicios”. Torvald dejó un tarsko más en la palma de la vieja y le indicó a Naujh que nos llevara hasta el mercado. Noté los ojos del soldado imaginando lo que se ocultaba bajo mi túnica, y sentí miedo y repugnancia.
Autora brigitte de Ar
(continuará)