photo 1-MapasdeGor140-23_zps4a09ab94.png  photo 3-MamiacuteferosdeGor140-23_zpsbc91712c.png  photo 12-Medidasdeltgiempo140-23_zps0ac205ac.png  photo 11-Medidasdepeso130-23_zpsa70b0616.png  photo 15-CastasdeGor140-23_zps7377f254.png  photo 16-Alimentosybebidas140-23_zps5cba1b63.png  photo 23-Servicios_zps6fd55352.png  photo 2-Genesis140-23_zpsf170fd58.png  photo 8-Poliacutetica_zpsae026afc.png  photo 10-Tecnologiacutea140-23_zpsb7f1cb6d.png  photo 7-Ciudades130-23_zps3f6d13bc.png  photo 4-Cultura140-23_zpsb68ec844.png  photo 5-Alfabeto140-23_zps9ea751cc.png  photo 7-Ciudades100-23_zps7e6c6733.png  photo 1-2-Deberesdelibres_zps803bbfed.png  photo 1-3-Deberesdekajiri_zps46bee8f8.png  photo Tiposdekairus_zps8185b744.png  photo 1-8-Tiposdekajiras_zps74939647.png  photo 1-5-Sedasdekajiras_zpsbd04f568.png  photo 1-7-Posturasdekajiras_zpsc14e30ca.png  photo 1-9-Castigos_zps1924655c.png

Camino a la esclavitud (I)

Camino a la esclavitud (I)

Recuerdo el día en que mi amado señor me compró. Yo llevaba tres largos días de caminata por el desierto desde Puerto Kar, acompañada de otras cinco esclavas. Íbamos encadenadas en fila india, precedidas por Naujh, mercenario al servicio de Torvald. Éste era un modesto traficante de esclavas, de pieles y de cualquier cosa que pudiera reportarle beneficios.
Torvald no tenía ninguna clase de escrúpulos con nosotras. Pasamos aquellos tres días casi sin comer, tomando sólo algunos mendrugos de pan con algo de carne seca, y agua arenosa de la cantimplora de Naujh. Cuando el mercader se lo ordenaba, Naujh se acercaba complacido a nosotras y nos daba él mismo de beber, pues nuestras manos estaban atadas a la espalda. En una ocasión en que Torvald se ausentó un momento, Naujh me cogió por el pelo, tiró de él hacia atrás, puso su lengua sobre mi cuello y me lamió ascendiendo hasta mi boca. Cerré los ojos y sentí náuseas al notar cómo introducía su lengua hasta mi garganta, mientras arrimaba su cuerpo al mío y se frotaba sin importarle la cara de estupor de Na’ilah, la esclava que me seguía. La mirada amenazadora con que nos obsequió al notar que Torvald regresaba, bastó para que ninguna de nosotras osara decir nada en todo el día.
Después del agotador viaje llegamos a Ar con la ropa sucia y la piel y el cabello ásperos y polvorientos. Tordval, consciente de que no atraeríamos a ningún comprador con semejante aspecto, nos llevó a los baños públicos. Allí le dio dos tarskos de plata a una vieja ama arrugada, para que nos bañara, adecentara y vistiera. La vieja se alegró al ver las dos monedas en sus manos y, mostrando una sonrisa malévola y desdentada, le dijo a Tordval: “Déjelas un par de horas en mis manos, señor, y recuperará con creces su dinero”.
Lo primero que hizo fue quitarnos las raídas vestiduras que nos cubrían. Nos alineó y nos miró de arriba abajo sin pudor, recordando tal vez los tiempos en que su cuerpo era joven y firme. “Voy a tener mucho trabajo, zorritas, pero nadie os reconocerá cuando salgáis de aquí”. Nos hizo meternos en los baños y allí nos enjabonó ella misma con una esponja áspera. Si alguna se quejaba de que la rascaba demasiado, frotaba más fuerte, hasta que la piel enrojecía, y se reía a carcajadas. Después de lavarnos el cabello, todavía mojadas, nos rasuró el vello púbico. Nos miramos unas a otras avergonzadas de nuestra, ahora sí, completa desnudez. Después nos peinó, nos hidrató la piel con aceites de esencias y nos maquilló. A Na'ilah y a mí nos puso pendientes largos y collares de bisutería. Después nos vistió a todas con sencillas túnicas de color azul, ceñidas a la cintura con un cordón.
Acto seguido nos miró con aprobación y mandó a un esclavo a buscar a Torvald. Éste vino de inmediato acompañado de Naujh, y nos miró, sorprendido al ver la belleza que se ocultaba bajo nuestro lastimoso aspecto de los días anteriores. “Buen trabajo, anciana. No será la última vez que requiera tus servicios”. Torvald dejó un tarsko más en la palma de la vieja y le indicó a Naujh que nos llevara hasta el mercado. Noté los ojos del soldado imaginando lo que se ocultaba bajo mi túnica, y sentí miedo y repugnancia.
Autora brigitte de Ar
(continuará)


No hay comentarios:

Publicar un comentario